viernes, 8 de junio de 2018

QUISIERA. ¿QUIÉN QUIERE?




Lo escribí hace unos meses pero bien podría haberlo escrito ayer, u hoy.

QUISIERA

Quisiera estar en otro lugar, llevar una vida nómada, viajar por el mundo en auto caravana. Pero estoy aquí y ahora.

Quisiera no tener que trabajar para pagar, encontrar una com-unidad en mi barrio para criar y educar juntas. Comprar siempre alimentos ecológicos. Pero estoy aquí y ahora.

Quisiera no tener que escolarizar a mi hija, hallar los apoyos necesarios para ofrecer lo que necesita que ya no es sólo MADRE. Pero estoy aquí y ahora.

Quisiera vivir cerca del mar, o de la montaña. Que mi hija jugara en los bosques, que mi familia y amigas estuvieran más cerca. Pero estoy aquí y ahora.

Quisiera vestirme con sari o faldas de colores, recogido mi cabello con pañuelos, bailar y cantar y jugar. Aquí y ahora.

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Me empeño cada día en buscar la belleza, es una necesidad imperiosa, estoy llenando mi casa de plantas: gracias Cris, gracias Mari.

Poner plantas, hacer bonitos rincones, despejar, barrer, cambiar de lugar. A veces me parece un movimiento demasiado neurótico pero trato de buscar el trasfondo, la necesidad que esconde, lo que eso quiere expresar. Y es la necesidad de belleza, el anhelo de armonía. Si las tareas del hogar tienen un sentido es este, sólo si lo miro así, sólo si así lo vivo, puedo barrer y ordenar y colocar cada cosa en su lugar. Con belleza. Sin caer en el fastidio.

Qué misterio el Hogar. ¿Cómo pude ignorarlo tanto tiempo? Quizá no lo ignoraba, simplemente otras personas lo hacían por mí. Quizá por eso ahora puedo saborearlo y reconocerlo. A veces me siento la cansina del hogar, jaja, no hablo de otra cosa, ¿hay algo más?, me pregunto. El Hogar como espacio necesario para crear y crecer, cueva oscura donde seguir investigando quién eres. Luces, recovecos, aristas por descubrir. Océanos. Quiero que la herencia de mi hija sea un Hogar de Amor. Donde regresar a nutrirse, desde donde conocerse, mirarse con cariño y compasión. Mar navegable. Ancla. 

Cuando el Hogar me visita, descanso. Si me voy del Hogar, me viene la locura de ser nómada, montañera o bailarina. También esto encierra un significado, puede que mi alma necesite también, de alguna forma, algo de esto. 




Natalia Navarro *la que cuida*




viernes, 9 de marzo de 2018

Invierno


Todo el rato en otro lugar





Qué difícil es permanecer en lo que sucede ahora. ¿Por qué cuesta tanto? A veces resulta casi insoportable estar en lo que es o en lo que interpreto que es y por eso me quiero escapar. A tomarme un café y un cruasan, a caminar muy rápido, a hacer sentadillas o mirar saltimbanqui Facebook. Estaría bien si no pensara que el cruasan me va a salvar de mi misma o que la caminata me va a liberar.

Reflexiono sobre lo que ha supuesto (está siendo) en mi el maternar. Veo ahora en la distancia como fue parir y gestar y acompañar a un ser humano día a día en su florecimiento. De manera exquisita, impecable. Claro que puedo mejorar mi manera de hablar o de comportarme o de mirar, sin embargo, me apetece nombrarlo así, pues colocarte en la entrega y al servicio es algo exquisito.

El primer año de vida en un ser humano, el 1: La unión, la fusión. Dos seres en un mismo cuerpo, una misma necesidad, enfocada en sacar adelante una vida, acompañar a otro ser que eres tú. Estar juntos y amarse. Pegados, tu cuerpo, casa, Hogar, Vida y alimento.

El segundo año, 2. Separación necesaria para vernos, dos miradas, diferentes intereses. Nuevas necesidades y anhelos. La Palabra, nombrar graciosamente lo que sucede y lo que vas sintiendo y experimentando, la explosión del lenguaje, afianzarse y los tira y afloja.

Ahora caminamos hacia el 3 y siento que la dedicación exquisita de estos dos años se va transformando, vuelven a palpitar en mi otras pasiones además de la de ser madre. En el año 1 nada más me importaba, todo mi ser se volvió hacia ella, el resto me parecía accesorio, incluso me molestaba escuchar conversaciones que no girasen en torno al maternaje, no tenía capacidad de escuchar ni atender lo que no fuese ella y yo. Y me parece bien. Decidí penetrar la experiencia y no perderme ni una gota. Exprimir todo el jugo. Ser en primera persona la que cuida, aprender qué es eso de cuidar y entregarme a otro ser humano. Comprender y recordar cómo me cuidaron a mi y la semilla que tímida palpitaba en el fondo. "No puedes dar lo que no te han dado" me dijo una amiga querida. Y a mi me dieron mucho: atención y tiempo y por eso he podido ponerme al servicio. Gracias, mamá, gracias padre.

Vuelve el anhelo que pudo quedar satisfecho por la maravilla de la maternidad, que puede parecer absoluta pero no lo es. Está bien que por un tiempo lo parezca. Camino hacia el 3 y vuelve a sonar en mi la llamada. Es como si se me hubiera concedido un tiempo líquido de transformación, un cuerpo nutricio con recovecos desconocidos, una visión de la realidad un poco más madura, un Hogar con cimientos y estructura, al que hay que ir añadiendo o quitando, según se mire. Crece y madura. Tienes que fortalecerte y ahora...mantén viva la llama y cuida de la vida sin echar leña al fuego. Confía en que la llama permanece pero mírala, recuerda y sé diligente ante la pereza.

Aprovecho el regalo que se me ha concedido de ser madre para conocerme a fondo e ir más allá, un poco más allá de lo que creo ser. O un poco más acá. 

 Detrás del telón, el agua viva, el fuego que calienta y nos mantiene.

La fiebre en ella que amplifica mi neurosis, el miedo a la muerte, lo imprevisible, lo indefinido, resulta ser finalmente una bendición, una oportunidad para entregarme un poco más a la Vida, a lo que Es, a la Realidad. 

¿Y qué podría hacer sino? 




Natalia Navarro

*la que cuida*











domingo, 21 de enero de 2018

Navidad oportunidad



Si hay algo que me está enseñando mi maternidad es el retorno al Hogar. Hace unos años, una verdadera astróloga me dijo que para mi el Hogar era muy importante, en la carta natal aparecían en la casa 4 (la casa del Hogar) muchos planetas. Yo no entendí nada y es ahora cuando voy, poco a poco, desvelando aquel secreto.
Ahora, que ser madre me ha hecho aterrizar y crear Hogar y cimientos y raíces. No tiene que ver con cocinar y limpiar, aunque también, no tiene que ver con mantener el orden, aunque también se refleja la interioridad en la disposición de los objetos, la limpieza, la armonía, la belleza en los rincones, la sutileza del aroma a lavanda. El Hogar es esto y mucho más. El Hogar es todo y nada. Es todo lo que necesito y es nada de lo que imaginaba. Es mi cueva donde viajo y descubro y escucho el silencio. Donde está la quietud que me permite arrancar mi motor. Es el espacio en el que puedo confiar y amar y comprender.
Está el Hogar en mi silla blanca desde la que observo jugar maravillas a mi hija. Está el Hogar en el árbol de Navidad que hace con su padre mientras yo paseo. Está el Hogar en una tarde en casa de Abu, con un baño largo y divertido haciéndonos a todos sonreír y recuperar algo de infancia. El Hogar está en todo ello y en nada está. Nada es y lo es todo.

El Hogar en la convivencia, en la confianza y alivio que te da haber encontrado un espacio interior. No sé me ocurre nada mejor para transmitir a mi hija que esa confianza en tu Hogar interno a través del cual se va desplegando la Vida. Eso, que es lo mismo que amar a Dios por encima de todas las cosas. Ojalá encontremos la sabiduría necesaria.

Empecé a escribir esta entrada en Navidad, un tiempo que cada vez me gusta más, quizá porque invita al fuego del Hogar, al asombro,  a la hermandad, al recogimiento.  Y hoy sale a la luz, acompañada de alguna comprensión profunda sobre mi propia maternidad. Ahora que ha quedado atrás el cansancio extremo, que mi cuerpo se ha recompuesto y nuestra relación de pareja se ha fortalecido. Mi experiencia es que alrededor de los dos años cambian muchas cosas (en realidad siempre están cambiando) es como si comenzáramos a despegarnos para poder, siguiendo juntas, mirarnos de otra manera, como diferentes seres. Ella ya no es yo ( nunca lo fue pero durante un tiempo es necesaria esa "ilusión") se da cuenta y esto es una transformación del ser humano que hay que acompañar con amor, paciencia y mucha sabiduría. Y más paciencia y más amor. También para mi es difícil esta separación,  las despedidas de tantas cosas que tanto nos han alimentado a ambas. Decimos adiós para poder recibir lo nuevo que llega.

Y termino de escribir mientras escucho de fondo los chapoteos y conversaciones con su padre. Soy afortunada, a veces se me quita la venda y dejan que me asome a la Belleza y Maravilla que es mi hija, un ser humano en crecimiento, un alma pura. La vida pulsando. El latido de la vida.

Natalia
*la que cuida*


martes, 17 de octubre de 2017

Ama en tu casa...


...Y lo demás vendrá por añadidura






"Si quieres cambiar el mundo, vete a casa y ama a tu familia"
-Madre Teresa de Calcuta


Ser madre te da una oportunidad preciosa para amar. Una experiencia como pocas para abrir tu corazón, un camino corto y fácil hacia el amor.

Ser madre también puede colocarte en la cuerda floja, poner delante tus fantasmas, revolucionar tu relación de pareja, requerir de ti algo que no siempre puedes o estas dispuesta a dar.

Cuando las madres hablamos, algo se alivia, hay nudos que se disuelven, corazones que se unen, tejidos que suman y crecen. 






Natalia Navarro *lqc*






sábado, 29 de julio de 2017

MADRE ARTESANA-MADRE AMOR


MADRE ARTESANA-MADRE AMOR

La imagen puede contener: 1 persona, sonriendo, niños, planta, calzado y exterior

Veraneo en el mismo sitio que el año pasado. Eso me ayuda a tomar contacto con lo que fue y lo que es ahora. En la vida de un ser humano que acaba de nacer un año es muchísimo tiempo. El primer año es fundamental, también el segundo. En el primero, aún fusionado a su mamá, el bebé va poco a poco despertando. Baila con su madre el baile del no tiempo. Sobre su cuerpo, oliendo y tomando de su teta para sobrevivir. Sostenido a cada instante, su llanto, su incomodidad, su anhelo, es colmado en el cuerpo de la Madre. La Madre está entregada, a su disposición, de alguna forma, su cuerpo no le pertenece a ella y a la vez está más habitado que nunca. Recuerdo las largas horas de teta sin interrumpir (y como ya contamos hasta tres para que deje a la teta y a mamá descansar de vez en cuando).
¿Cómo descanso ahora? Me gusta esta manera nueva de hacerlo. Madura, consciente, hasta el fondo. Descanso sólo cuando puedo y el tiempo que me conceden. Algo puedo elegir, pero poco. Y así he comenzado a saborear unos minutos de ojos cerrados, una ducha de agua templada, un paseo, una hamburguesa con patatas fritas.
Estamos llegando al segundo año. Mi hija habla y canta, no quiere usar pañal, ni que le ayude con cosas que ella puede hacer sola. Si por ella fuera se lanzaba al mar, así, tal cual, con la confianza de alguien que todavía no ha sido contaminado por prejuicios o falsas creencias.
Mi hija me ha regalado tantas cosas. Entre ellas:
Me lleva a la sencillez, a lo imprescindible, a lo verdadero. Gracias a ella soy consciente del paso del tiempo, con su vertiginosa velocidad y a la vez aprecio cada instante como si fuera eterno. Dos años han pasado tan rápido y tan despacio…
Me regala la templanza, el coraje para enfrentarme a fantasmas cansinos que volvían a aparecer con cada resfríado (por suerte han sido tres en toda su vida) o suceso inesperado.
Y el cielo se abre. Su risa me asoma a la maravilla. Su alegría y belleza me conmueven y tocan lugares en mi interior llenos de verdad.
Estar atenta a un ser humano constantemente, minuto a minuto, es un acto de amor. Tan invisible y necesario como el agua para la vida. Estoy ahí (estamos ahí las madres), para que mi hija pueda desarrollarse y crecer como ser humano. Estoy ahí, disponible, cerca, la miro con amor, cuido de ella. Estoy ahí, cuidando también de mi para poder seguir. Estoy ahí, a veces, parece que no estoy. Me escondo para ver qué hace cuando no la miro. Dejo que ella me busque, me nombre, me necesite. Estoy ahí y la amo con todo mi corazón. Y sé que en unos años no seré tan importante para ella como lo soy ahora y eso me produce un hondo dolor físico y a la vez me permite tratar de trascenderlo.  La impermanencia, lo efímero de la Vida, lo esencial. Eso me recuerda ella cuando camina pizpireta mirando al suelo y viendo cosas diminutas, casi imperceptibles.
Cuánto me alegro de haberme podido fusionar, de haber estado todo este tiempo sólo a una cosa. De haber entregado mi vida a otra persona. Sin olvidar que yo también existo. Cuánto me alegro de haber experimentado hasta el fondo el puerperio, los días y las noches mezclados, los despistes, el desentenderme de algunas cosas, trabajar de otra manera, en mi interior, mirando hacia dentro, observando y cultivando la tierra. Porque ahora empiezo a recoger semillas. Las canciones que le he cantado desde siempre, me las empieza a cantar ella, ¡con tanto salero!
Suceden cosas tan maravillosas en estos dos años que doy gracias por haberlas podido presenciar bien de cerca.
Mi hija no es mía y nunca lo fue. Pero a mí me duele el cuerpo reconocer esta verdad.
No es mía y nunca lo será. Trataré, eso sí, de estar siempre para ella. Como ella me necesite, sin interferir en su verdadero camino de Vida, aunque sea opuesto al mío. (Uy, qué difícil, qué reto maternal).
Te amo, hija.

 Natalia Navarro